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viernes, julio 17, 2009

ÁRBOL QUE NACE RETORCIDO NI DIOS LO ENDEREZA...

Cuatro expedicionarios surcaron las aguas naturales de la Región Nautla en el Golfo de México. Un trabajo profesional nos llevó a recorrer en lancha y  a pie  la ruta de los manglares. De la risa al silencio;  ante nosotros  una de la vegetaciones más rica y desconocida por los seres vivos: EL MANGLAR.
En vocablo guaraní, el nombre de manglar significa "ÁRBOL RETORCIDO"

En México tenemos cuatros tipos de mangle: rojo, negro, blanco y botoncillo

Su extraordinaria belleza y estructura abrigan un sistema humedal  casi perfecta, para generar y resguardar vida, que va desde plantas, moluscos, insectos, líquenes, hongos, crustáceos...



Su altura,  según la especie,  sobrepasa los cuarenta metros.

Observamos un manglar rojo;  son árboles tolerantes a la sal, crecen en terrenos arcillosos y anegados  en las desembocaduras de los ríos al mar, también en islas.


México posee una superficie de 680,000 hectáreas de manglares. De norte a centro; Pacífico centro y sur; El Golfo de México y la Península de Yucatán.

Su  importancia  para los seres humanos  destaca en el aspecto agrícola, medicinal, conservación del medio ambiente, turismo,  la construcción,  entre muchos...

Más de 55 mil especies de flora y fauna desaparecen cada año, impresionante la rapidez con que los seres humano contaminamos los diversos hábitats naturales modificando salvajemente las condiciones que permiten subsistir a la flora y a la fauna locales, incapaces a adaptarse a los cambios ambientales a la misma velocidad con que éstos se producen.

Los cuatro expedicionarios preparan su equipo fotográfico y de video, mochilas, overoles, repelentes, botas, GPS. Próximamente la mirada brillará en el vecino Estado de Campeche.


Fotografía: Monique Camus
Locación: Región Nautla. Golfo de México.

martes, enero 27, 2009

COLOTERO

















Estos días no son los mejores, Monique, el tiempo está veloz y me va arrancando cosas, de todas maneras me acuerdo de vos, paso y te saludo, por estos días pienso en México y lo imagino verde, te abrazo desde el Sur, dice mi amigo Hanks. 
Contrario al tuyo, mi tiempo es lento, me devuelve bellezas regionales, chiquitas, pero significativas...Nadie soy ante lo bello y comunitario; ante el arte, sólo queda el ejercicio de la contemplación. 
Estática en la puerta de la Huasteca Veracruzana, México, específicamente en el pueblo de Álamo, cuyo símbolo me recibe: EL COLOTERO. Soberbia escultura de más de 10 metros de altura; dignifica el recolector de naranjas de la región, considerada la zona,  primer lugar en producción citrícola de México.
Sixto G. Sánchez, Arturo Velázquez y Ricardo Téllez, amasaron el concreto y bronce que da vida al Colotero; escultura emblemática de la Huasteca Baja, Veracruzana,  auxiliados por los artesanos Inés Hernández C, David Corona H y Miguel A. Vargas. 







A una hora de Álamo,  queda tiempo de soñar. Navego en el mar de aguas presentes, en plataformas de sueños vivos, ante tal naturaleza, la contemplación es belleza.
La Laguna de Tamiahua, de voz náhuatl significa "En las flores de maíz de la tierra" y en huasteco "Lugar de mucha agua". Ubicada la laguna de Tamiahua en el Estado de Veracruz, sobre el litoral del Golfo de México, con una longitud de 110 kilómetros por 25 kilometros de ancho...Observo, siento, vivo el México verde, que piensa mi amigo Hanks y lo exporto desde aquí...
Complacida, repleta, los aires de la huasteca veracruzana sientan bien al orden existencial. La memoria fija en la naturaleza, jamás será un borrador en mi mente; escribo en mi cuaderno de tapas: "Fácil es vencer cuando se es más fuerte; díficil es utilizar la fuerza para que los otros no pierdan; pero sólo esto es lo justo", dijo Lao Tse. Ojalá y los pescadores de Tamiahua no pierdan su hábitat por la mano del poderoso, que toca y siempre destruye.




domingo, octubre 19, 2008

ENTRE EL MAR Y EL DESIERTO

Soy Ángela
parte aún viva del desierto.
Mujer de tiempo entero en atavío de luz.

Nací de ráfagas que arrastran las espinas
sobre la arena brasa de la tierra,
del canto del cormorán
que hace su nido sobre los ojos calcinados
de un dios ciego.

Soy inmune a la humareda rígida de los cardos
en la planicie extraviada.
Se ha hundido mi cuerpo en la tenaz arena escurridiza,
donde no hay alas encendidas que evoquen sueños presurosos;
donde no amanece ni destila vino la humedad,
anhelo insensato de lo yermo.

Mi silente raíz, libre del aire, se expande bajo esta vastedad
que evoca el tiempo.


TATUAJE DE LUCES
Tatúas tu rostro de estrellas
en las dunas de tu piel:
textura arena.

Viajas en horizontes de luz
hasta el silencio de tu isla.

Eres constelación en el desierto
que avanza cauteloso
en busca de la lluvia,
del agua decantada de mar
para que alumbre el valle
de cactáceas maduras...

Antropología, ecología, fotografía, poesía: se miran, se saludan, se complementan y comulgan amorosamente para entregarnos testimonios del vivir y sentir de una comunidad llamada "Conca´ac" enclavada en el noroeste sonorense de México. La estética fotográfica enmarca uno de los rostros de México; incofundibles ante los ojos del mundo. Más que con los ojos, miramos con el alma.
Ricardo María Garibay, fotógrafo mexicano, dispara dardos al corazón porque su corazón también es antropólogo de la realidad social. Se hace parte del pueblo, habita con ellos, se entrega, convive, se deja querer. Regresa y comparte su trabajo artístico; más de 60 fotografías en blanco y negro(característico en él), ilustran el libro de arte: ENTRE EL MAR Y EL DESIERTO.

Esmeralda Loyden, periodista, poeta y cuentista: Investiga, costura la palabra, que da forma y ritmo al trabajo visual de Ricardo. Cada fotografía es arrullada por su poesía.

Días arduos de un trabajo documental, emotivo y artístico entre el mar y el desierto en un paisaje preñado de recursos naturales y de olvido...Ricardo y Esmeralda nos transportan a la gente, la "gente" ya que en su lengua, "Conca´ac" significa eso: GENTE. cinco letras hilvanadas en mayúsculas, que intrepreto: Generosidad. Entendimiento. Naturaleza. Tradición. Entrega.

El desierto y el mar; binomio natural, cobija a los Conca´ac o llamados "Series" en el mundo occidental.
Sol, curtidor de piel morena. Frío, calador de huesos. Historia remendada de invasiones y despojos, enaltece la dignidad de una comunidad aferrada a la vida sagrada y la supervivencia.

El poeta Eduardo Langagne, en el apunte inicial del libro, narra: "Aliados del desierto y el mar, los Conca´ac han sobrevivido junto a las cactáceas, las serpientes, el águila y el venado bura. Han mantenido una lengua cargada de códigos secretos, de magia y conocimiento. Nosotros hemos aprendido así que su identidad está basada en tres conceptos esenciales: territorio, idioma y nombre. Una comunidad persistente, a pesar de que la geografía les esconde el agua dulce y se las envía a lo más profundo, hacia un sitio lejano debajo del paisaje"

"El viejo Conca´ac conoce las leyendas y los mitos, imagina y recuerda, sabe cómo hacer crecer el cabello, curar los riñones y quitar la gripa, aliviar el dolor de los pies del caminante y apaciguar la diarrea, aplacar los granos en la piel y remediar la viruela y otras muchas infecciones" Langagne, va más alla: "Aquí, el niño aprende, el hombre contribuye, el anciano se respeta: la vida tiene así una expresión de plenitud"

Esmeralda nos cuenta: Los Conca´ac son ajenos a la religión católica, se han organizado en libertad para decidir sobre su vida sexual o el número de hijos que pueden tener por pareja. Conforman una comunidad que respeta a sus deidades; aman y cantan a la lluvia, al viento, al mar, a la naturaleza. Su territorio abarca la Isla Tiburón, la más grande de México, localizada en el municipio de Hermosillo, Sonora, en el Golfo de California, hoy Reserva Especial de la Biosfera.

Su testimonio documental, poético y fotográfico, hacen del libro "ENTRE EL MAR Y EL DESIERTO" una joya de la antropología social.

Los Conca´ac son como aquel viejo sabio que un día me dijo: "La vida es una Universidad, que no expide títulos" así es su pueblo de mil habitante, una Universidad en donde tenemos que aprender a tomar de la naturaleza, sólo lo necesario; el saber dar, que implica generosidad y humildad; y aprender a resistir para sobrevivir.

Gracias, cinco veces Ricardo María. Te sigo...

Libro: Entre el Mar y el desierto
Fotografía: Ricardo María Garibay
Investigación y textos poéticos: Esmeralda Loyden