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sábado, noviembre 15, 2008

¡Lloro porque te voy a olvidar...!


Me gustaría que se leyera este libro como se entra en una habitación íntima, en una tarde de lluvia, y uno se pone cómodo, se sirve un té o una copa y se siente a gusto sin necesidad de ir a otra parte. Esta habitación unas veces será luminosa con la ventana abierta por donde llegan los perfumes desde el fondo de la memoria; otras, podrá ser cálida y confortable, y bastará con observar el pavimento de madera, los cuadros, los muebles, las fotos amarillas que se guardan en el álbum, mientras suena una música de jazz.
Lo observo desde la poltrona de madera. Enfrente, espejos que ciegan la memoria de 72 años a cuesta. Su nostalgia es más grande que su estatura. La rueda sigue su giro; el tiempo jamás se detiene; las arrugas jamás se planchan ¿qué gano con saber y sentir que soy viejo o qué gano con saber que soy débil?. El alarido desgarrador, punzante, sale de la casa de sus abuelos en Denia. Manuel Vicent, valenciano, observa con lupa lo más profundo de sus fotografías color sepia, que narran momentos añejos, presentes e imaginan futuro. Vida aderezada con perejil, azafrán y ajo; versos de Leopardi más aprendizaje de Marco Aurelio:“La vida consiste en ir muriendo y sólo se alcanza la sabiduría cuando uno incorpora la muerte a los placeres de cada día”. Transcribe recuerdos contados por sus familiares durante la guerra civil española: “Porque el terror huele, sin duda alguna. El terror huele a hierro oxidado”. Sus primeros pasos a los 8 meses de edad y sus primeras caídas que,  lo harían caminar a gatas hasta los 2 años,  y el padre siempre enérgico: "Eso le enseñará que en la vida hay que saber dónde se ponen los pies".

Melancolía autobiográfica de un hijo obligado y negado a ser sacerdote; de un hijo que tenía necesidad de querer antes de que muriera su padre; una madre que sólo tenía ojos para su esposo; un tío hablando con las plantas. Manuel Vicent, nos dice: “No quisiera mentirme. Tal vez no voy a tener el valor de levantar la tapa de la quesera, con la que trato de proteger mi alma de las moscas, a no ser que la escritura desate el nudo asentado en el diagrama. La vida consiste en equivocarse, cada uno a su manera”.
Poco a poco entramos a esa habitación y nos enteramos de su devota admiración al escritor Pío Baroja; determinante en su carrera de escritor y periodista… El tiempo fijado en aquellas fotografías sepias. Todo pasa y todo vuelve. Ahora soy adolescente y mis navegaciones me sacuden. Me gusta el silencio de los marineros. Contiene dentro todas las tragedias del mar y también su fuerza. Me gusta el rostro de arcilla de la gente de la mar y el silencio de siglos que ha vertebrado su alma.
¿A qué conduce mirar viejas fotografías si ya se ha abierto el cielo? La intensidad como el oleaje sube. Vicent trastoca lo sublime, se sabe poseedor de una narrativa generosa: “En este álbum están conmigo aquellos niños que en el pueblo fueron mis amigos. El tiempo habrá creado erosiones y heridas en sus rostros. Los veo a mi lado en la playa, de excursión por las montañas. Algunos ya han muerto. Otros habrán envejecido, como yo. ¿Qué es el tiempo? El tiempo es cada arruga del rostro, la amargura de la sonrisa, el cansancio de la mirada, la sensación de que ya se ha vivido bastante y que hay que acabar. Sólo navegar vence al tiempo y nos vuelve jóvenes. De una belleza azul como el mar, una voz dicta el corazón envejecido del escritor: a los dieciséis años sueña con escribir libros, imaginar historias de amor, volar en una alfombra mágica sin salir de la habitación y sólo tiene que cumplir una orden: no dejar nunca de ser aquel niño que iba en bicicleta a la estación. El pensamiento vuela, semeja un papalote o cometa, se nutre de Unamuno, Ortega y Gasset, Sartre, Camus, Goethe y Machado…
Su bello peregrinar recorre calles, rincones, cafés y cines de su amada Valencia,   hasta recordar su fiebre por Marisa:“Fue mi primer amor y a medida que me fui haciendo adulto se multiplicó en las mujeres que amé, porque el amor es lo eterno y no lo amado”. ¡Lloro porque te voy a olvidar!
La memoria transita a Madrid; su casamiento apresurado y a los nueve meses convertido en papá; sus pasos en la Facultad de Derecho y Filosofía. Todo, todo reflejado en diferentes espejos sin pulir…El tiempo ha borrado esos lugares o los ha transformado. Negado a clavarse un cuchillo en el corazón que dejar que su literatura caiga en manos de la nostalgia...No hace más que subrayar lo que no quiere, lo que está próximo: Una dirección en la agenda que se tacha, un número de teléfono que ya no se consigue recordar, un viejo bar que cierra, un amor que termina, un rostro que se desdibuja, eso es, en realidad, la muerte, porque uno muere cuando no tiene fuerza para salvar un amor.
Del baúl de terciopelo salen interminables fotos color sepia, que reflejan las raíces de la memoria del escritor. Es tarde, debemos zarpar, Vicent, suelta amarras del velero en las aguas azules del mediterráneo, los colores de juventud quedan atrás y el color de la vejez nos espera al SON DE MAR.

Libro: VERÁS EL CIELO ABIERTO
Autor: MANUEL VICENT
Editorial: ALFAGUARA