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sábado, noviembre 29, 2008

EL HUECO DE TU CUERPO

La noche compite con mi ceguera nocturna. Sus torpes movimientos producto del whisky desafocan mi objetivo: ¿Cómo fotografiar el presente en una madrugada? ¿Cómo retratar el hueco de su cuerpo? El blanco y negro no se acomoda; opté por el color. Sí, colores desteñidos, descoloridos que transparentan la pérdida y el vacío de sus cuarenta años...Observo a Blanca Vallejo, fotógrafa de arte...Su Polaroid contra mi Nikon. El Clic, Clic, no cesa.
Afoco a una mujer desgarrada por dentro y por fuera. Esposa. Infiel. Subestimada. Negada a interesarse en las cosas y en la gente. Tras perder a su hija recién nacida(Inés), sentirse viva le astillaba el alma; era una verdadera conquista. Blanca recordó: “Desde que quedó embarazada su cuerpo se había convertido en algo público; un vehículo con mercancía que revisan en cada aduana, una caja sin valor que guarda un tesoro”. El intento frustado de un nuevo hijo sepultó su matrimonio a escombros. Blanca se preguntaba ¿Cuándo fue la última vez que deseó a alguién? Su relación con Germán eran los restos de una intimidad agonizante. El tiempo no espera. Necesitaba sentir el calor de otras manos, su cuerpo se lo dictaba. Blanca no soportaba un beso pulcro y virginal, no sabía dónde guardarlo ni qué hacer con él.
El obturador dispara y dispara…En primer plano, Blanca y Jaime regalándose caricias; su amante en turno…¿Cuánto obliga una caricia? ¿Qué tiene que ver la consumación de un deseo con la lealtad? Se cuestionaba la fotógrafa madrileña. Y se contestaba: “Ser infiel se paga, no cuando el otro lo averigua, sino sabiéndolo uno” al fin y al cabo, su esposo jamás se enteraría. Blanca no quería olvidar su infidelidad, había disfrutado, había sentido que volvía a temblar ante el tacto de un hombre, por qué iba a renunciar a eso. Su sexo herido gritaba más.
El archivo de imágenes y mentiras, era infinito: “Una vez superado el pudor a la mentira, las siguientes mentiras, consecuencias de la primera, no le producían ningún malestar”. La inapetencia era únicamente con su marido,  no con el resto de los hombres.
La Nikon, encuadra a Blanca desnudando los recuerdos, lavándolos y poniéndolos a secar antes de guardarlos para siempre: su infancia feliz, su madre muerta de cáncer, su padre apoyándola siempre en su carrera de Bellas artes, su profesión insatisfecha, pero finalmente sus fuerzas se dividian entre amar a Jaime y engañar a su marido. Para la adicción al amor no había parches de endorfinas:“Era mucho mejor tener a dos o tres personas que se turnaran para hacerle a uno feliz”. Finalmente Jaime y Blanca se descubrieron iguales.
Ante el rompimiento, se juró a sí misma que nunca abriría la puerta a un hombre con una bolsa de viaje.
Otro cambio de plano; el zoom acerca a Blanca aturdida por el mejor fotógrafo del momento, Alberto Martín, era su fetiche, lo admiró de siempre: “Al igual que la vida, eso es precisamente lo que me gusta de la fotografía, todo sucede en milésimas de segundo. Lo que interesa de la fotografía es la rápidez con ocurre la percepción de lo susceptible de ser fotografiado”. Horas intensas de trabajo: fotografiar los cuadros del museo del Prado para realizar un multimedia; sus intentos de ser fotógrafa independiente, se reducían a la espera. La rebelión pendiente con alberto asomaba: “Si algo podía hacer el fotógrafo era encontrar nuevos rostros de la realidad, nunca representar los conocidos, los ya descritos”: Alberto era su nuevo objetivo, se sintió recuperada en los placeres de su cuerpo, los verbos adquirieron otro significado: “Eres única, Blanca, decía Alberto, única como sólo yo quiero ser único para ti". Esta confesión proveniente de un hombre que ella admiraba tanto, hizo que se convirtiera en su criatura. Él la inventó.
- Me iré Blanca, debo realizar un trabajo al extranjero, prométeme que vas a seguir adelante con las fotos. Yo volveré enseguida. Antes de que queramos darnos cuenta, estaré aquí otra vez. Sí volvía o no, Alberto ya no importaba, había encontrado, después de batallar tanto, una identidad propia, había aprendido a cocinar para sí misma, a vivir para sí misma, a existir para sí misma.
La madrugada vencida al igual que la Polaroid y la Nikon; Blanca se llenó de fuerza, despacio se levantó de la cama donde dormía con Alberto, era su modelo, cada foto es una palabra, una sentencia. Quiere capturar cada átomo de su cuerpo. Blanca intento fijar de nuevo la vista a través del objetivo, pero se dio cuenta de que hay cosas que no se pueden decir sino con el movimiento, con el roce de sus dedos llenos de caricias, con su sexo, con su largo y espeso esperma derramándose sobre ella, hay otros sentidos que no son la vista, y ahí es donde radica la importancia de la fotografía: Blanca codiciaba su olor, su tacto perfecto, los gemidos que la devolverían a él. Las fotografías no acarician. Las fotografías matan. Blanca sale de la habitación sin despedirse. La nieve del camino la hace recordar, nadie la espera del otro lado. Llegará con los ojos blancos de quien no ha visto nunca el abismo.

Por vez primera leo la obra literaria de la española Paula Izquierdo. Sin embargo, el sello editorial ANAGRAMA, me garantizaba la elección. Narrada en tercera persona, la narrativa presentada en la novela,  es atrevida, arriesgada e inquietante. Conocedora de la conducta humana, la escritora, doctorada en psicología, revela en las fotos a una Blanca Vallejo escasa en su jerarquía de valores, sin juez, ni conciencia. Malograda en todas sus batallas, la renuncia de sí misma siempre por otros. Sin reposo,  Blanca Vallejo, tránsita a su pasado y el presente reflejado en una madrugada; una hembra despellejada, mal herida, que intenta llevarse consigo al otro mundo todo lo que se encuentra a su paso. Cómo se puede uno reconciliar con el mundo cuando no se quiere pertenecer a una realidad que se va haciendo crecientemente insoportable.
¿Cómo se fotografía la desesperación de la pérdida o la esterilidad del instante?

Libro: EL HUECO DE TU CUERPO
Autor: PAULA IZQUIERDO
Editorial: ANAGRAMA