
La comida se atraganta, leer noticias de tal magnitud atornillan la conciencia y sacuden el alma. El Fondo de Naciones Unidas para la Infancia dispara sus cifras: anualmente mueren casi 9.7 millones de infantes antes de cumplir los cinco años, por enfermedades que podrían ser prevenidas con medidas sencillas, lo que significa que más de 26 mil niños fallecen cada día de neumonía, malaria, fiebre, diarrea. Y cuatro millones pierden la vida en el primer mes de nacidos.
El reporte es aterrador: África, el sur de Asia y Medio Oriente no están en el camino de cumplir el objetivo de la Organización de Naciones Unidas (ONU) de reducir en dos tercios la mortalidad infantil entre 1990 y 2015, a menos de 5 millones de decesos por año.
El África subsahariana se ha llevado lo peor desde 1990 y en la actualidad supone 49% de las muertes de menores de cinco años en todo el mundo, pero sólo 22% de los nacimientos. Un niño nacido en esta región empobrecida enfrenta una posibilidad entre seis de morir antes de los cinco años.
Los niños en los países subdesarrollados a menudo sucumben a infecciones respiratorias o intestinales. Muchos mueren también de sarampión y otras enfermedades que se pueden impedir con vacunas. El agua no potable y la falta de higiene también ocasionan enfermedad y muerte, especialmente entre los desnutridos, pero según el Unicef, medidas básicas, como la lactancia materna, las vacunas y las mosquiteras reducirían significativamente el número de decesos.
Estamos ante un gran desafío: IMPULSAR LA ESPERANZA DE VIDA INFANTIL.
El primer paso: aplastar la indiferencia, el egoísmo, impulsar acciones verdaderas desde nuestras diversas trincheras. Una plática en el comunitario sobre higiene a los padres de esos niños, la prestación de un servicio social en nuestros tiempos libres, tal vez sea una pequeña contribución que aporte al que lo necesita. ALBERTO EINSTEIN, lo expresó: "La vida es muy peligrosa, no por las personas que hacen el mal, sino por las que se sientan a ver lo que pasa".