Mural: Diego RiveraLa niebla llega a los pies, deja el pueblo indígena de Xoxocolco como un esqueleto desquebrajante: Fernando silencia su conciencia; Antonio descansa la mirada en la oscuridad; Monique abandonada a sueños que imaginó verdes y profundos. Aquellos cuerpos tendidos en el piso de tierra, dormitaban las cien teorías científicas de Malinowski, First, Palanyi y Tylor.
El reloj exacto canta un nuevo día. Don Anayetzin prepara el desayuno: tortilla, chile y café. Su rostro de dolor grabado en las líneas de la boca y en su memoria, desvanecían el sueño de los antropólogos: el dolor y la pobreza no son obsoletos, se habla de él, se toca, se conjuga en pasado, presente y futuro; se duele el mismo dolor. La palabra pobreza flota alrededor. El anciano rechaza la invitación de acompañarlos a la fiesta del pueblo, sus temores asaltan: "No, si dejo la casa sola me roban mi metate, es lo único que tenemos, cuesta 100 cien pesos". Las palabras y miradas quedaron suspendidas en aquel lugar del mundo; mudas las palabras ya no servían.
